
En la década de los 60, España vivió una boom económico propiciado, en buena parte, por la masiva llegada de turistas del resto del mundo, especialmente de Europa. Estos turistas no sólo dejaban aquí su dinero, sino también un modo de vida y unas costumbres que rompían con el recato y represión moral que imponía el franquismo, con la iglesia católica como aliada. Pero no fueron los bikinis de las nórdicas su único legado cultural, porque estos mismos turistas fueron los que propiciaron (o permitieron, dirían algunos) el asentamiento de los sonidos negros en España. En Estados Unidos el soul y el funk ya había llegado a la pistas a principios de los 60, pero en el panorama estatal hubo que esperar varios años más, aproximadamente hasta la mitad de la década, para que los rockeros y las chicas ye-yé dejaran de ser los únicos protagonistas de las salas de baile, para que la música soul se convirtiera, como explica el texto que acompaña a esta edición, en “combustible para encender pistas de baile y fiestas”. Con el empuje de los músicos extranjeros, que a menudo crearon grupos de música...
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