
Mi relación con el cine de
Woody Allen es un tanto peculiar A los diez años, época en la que nunca había visto una película de las denominadas “para adultos”, cuando yo sólo veía unos pocos largometrajes cada año (cine infantil o juvenil exclusivamente), mis padres tuvieron la afortunada ocurrencia de llevarme a ver Misterioso asesinato en Manhattan, uno de los mejores films del director neoyorquino. Mi mente infantil quedó impresionada ante el personal humor inteligente de
Allen, ante su fascinante universo cinematográfico. El visionar una trama de mayor complejidad de las que la factoría Disney me proponía fue estimulante y apasionante a partes iguales, descubriéndome un arte, el cine, que podía ofrecerme mucho más de lo que yo hasta entonces pensaba. Por primera vez, a tan temprana edad, comprobé por qué el séptimo arte proveniente de Hollywood es denominado “la fábrica de sueños”.
Misterioso asesinato en Manhattan, una historia detectivesca plagada del ingenioso e incisivo humor al que Allen nos tiene acostumbrados, despertó en mi yo niño una sana curiosidad por el cine, por las historias visionadas en una pantalla de gran tamaño, en una sala oscura, acompañado por cientos de espectadores riendo, emocionándose, llorando, enamorándose o incluso asustándose al unísono. La magia del cine me atrapó y, sin ninguna duda, ni me ha soltado de momento, ni creo que me suelte nunca.
Desde entonces, dado que el cineasta estadounidense tiene la cortesía de entregar una película anual, el ir a ver “la última de
Allen” se convirtió en un ritual que era la antesala de, aproximadamente, hora y media de ininterrumpido...
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