
Fieles a la cita anual con nuestro festival de Jazz preferido, el cariñosamente llamado Jazzaldia,
Ángela y
Santi, los reporteros más jazzeros, estamos en San Sebastián el 24 por la mañana, dispuestos a disfrutar con la buena música durante los cinco días que pasaremos allí. Como siempre, el cartel es de impresión, tan bueno, variado y con tantas actuaciones que, antes de empezar, ya se hace díficil aceptar que no es posible asistir a todas. En el cartel destaca la presencia de grandes como
Chick Corea,
Gary Burton,
Gotan Project,
Richard Galliano,
Bryan Ferry,
Marcus Miller,
Vienna Art Ochestra,
Van Der Graaf Generator,
Isaac Hayes,
Sly & The Family Stone,
Madeleine Peyroux,
Ximo Tébar,
Pat Metheny y
Brad Mehldau,
Wayne Shorter e
Imani Winds,
Pedro Iturralde o
Bojan Z, entre otros, además de toda una serie de propuestas no jazzísticas de gran interés y la habitual dosis de grupos locales, entre los que siempre se producen muy gratas sorpresas. Es una lástima la cancelación de las actuaciones de
Antibalas y la
Matthew Herbert Big Band, porque eran de las que más esperábamos, pero la oferta de este 42 Heineken Jazzaldia es impagable, así que esa decepción se olvida pronto en cuanto uno se pone a mirar la programación para cada uno de los días.
El Festival comenzó con un día de adelanto con respecto a lo previsto, para conmemorar el 30 aniversario del Peine del Viento, que incluyó las actuaciones de
Wagon Cookin’ y
Dj Solal (es decir, de
Philippe Cohen Solal, creador de
Gotan Project) y la participación de la
Amama Luisa Brass Band, un conjunto habitual del Jazzaldia. Naturalmente, nos hubiera encantado estar allí, pero ya teníamos todos los billetes y la estancia cerrados desde hacía tiempo, así que no lo cambiamos. Para el primer día oficial, en cambio, sí llegamos a tiempo. Aquí comienza la crónica de esta 42 edición, en la que yo
Santi, a partir de ahora, asumo la narración en primera persona.
Día 1 - 24 de julio de 2007 26.500 espectadores.
La programación de cada día del Jazzaldia es tan amplia que es imposible ver todas las propuestas, por la sencilla razón de que hay varios conciertos programados a la misma hora en escenarios alejados (de modo que ni siquiera es fácil ver la mitad de uno y la mitad de otro). No obstante, el primer día sí permite ver la mayor parte, es el único en el que uno tiene la sensación de que, al menos, ha visto todo lo que le interesaba: todavía no hay programación en la Plaza De La Trinidad, ni en el Auditorio del Kursaal ni en el Teatro Victoria Eugenia. Por eso, aunque en un par de ocasiones se puede elegir entre dos conciertos, es posible asistir a los que más te interesan (cuando conoces ya a los artistas) o a los que crees, a priori, por la descripción del festival, que más te pueden gustan (cuando no los conoces). En este primer día, vemos cuatro actuaciones, y muy variadas.
20:00h. Espacio Frigo: Ann Hampton Callaway. 2.800 espectadores.

Para comenzar el Festival, un concierto de jazz clásico, un homenaje a las grandes vocalistas y a algunos de los mejores compositores servido por
Ann Hampton Callaway y su sección rítmica (
Hervé Selin al piano,
Darryl Hall al contrabajo y
Douglas Sides a la batería). Jazz elegante con arreglos y repertorio indudablemente clásico, interpretados por una vocalista con muy buena voz, mejor técnica y un gran amor por el “american songbook” y las cantantes que popularizaron esos temas, como
Sarah Vaughan,
Ella Fitzgerald o
Billie Holiday. Tras un corte instrumental,
Ann Hampton Callaway salió al escenario e interpretó
Old devil moon, casi sin presentación, empezando como si nada, susurrando, para progresivamente ir subiendo en intensidad. Prácticamente fue como si hablara, como si cantar fuese algo tan natural como hablar, y lo cierto es que seguramente sea así para ella. Brilló mostrando su amplitud de registros, su facildad para pasar de los graves a los agudos, de pasajes que necesitan de deslumbrantes chorros de voz a otros intimistas, y se mostró especialmente dotada para los scats. No sólo sabía integrarlos en un tema sin que resultasen gratuitos, sino que técnicamente eran deslumbrantes (es increíble lo rápido que puede pronunciar sílabas).
Especialmente memorable fue su interpretación de
Mr. Paganini, el homenaje a
Ella Fitzgerald, en el que reprodujo el tono de voz de la legendaria vocalista y su sentido del humor, pero antes ya se había ganado al público con la introducción a este tema, en el que imitó a
Billie Holiday y a
Sarah Vaughan, y lo hizo muy bien, además. Por lo demás, convenció con las piezas de amor, cantando dos que define como “las mejores composiciones de amor jamás escritas”:
My funny valentine y
Lover come back to me. También será redordado el concierto por la versión swing del estilo de
Johan Sebastian Bach, una pieza en la que volvió a dejarnos una buena dosis de sus scats y su versatilidad: hizo la voz de soprano y de tenor seguidas, y varias veces. Por lo demás, no sólo agradó cantando, sino que también se ganó la simpatía del público con los comentarios que hacía entre tema y tema, casi siempre en inglés pero metiendo alguna palabra en Español. Eso sí, aunque es una pena que la gente que no entendiese el inglés se las perdiese, las presentaciones que hacía de cada tema eran muy interesantes. Además, no olvidaba mencionar lo bonito que le parecía San Sebastián (incluso bromeó diciendo que iba a cancelar su viaje de vuelta a Nueva York), y eso parecía gustarle mucho a un público mayoritariamente local. De hecho, el tema final fue una simpática improvisación sobre la ciudad, en la que habló del entorno del concierto, de la belleza del cielo, de las olas del mar… Incluso cantó “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”. En definitiva, un gran concierto y un gran comienzo para el 42 Heineken Jazzaldia.
Ver biografía de Ann Hampton Callaway.
21:15 h. Escenario Verde: The Skatalites. 8.500 espectadores.

No soy un aficionado al reggae (ni a los sonidos jamaicanos en general), ni prácticamente conozco nada, porque cada vez que hago un esfuerzo por escuchar a los clásicos, aunque aprecio su enorme valor artístico y su indiscutible calidad, no disfruto al cabo de un rato, así que eso limita irremediablemente mi introducción a estilos como el ska, el reggae, el rock steady… Por eso no es que me hiciese especial ilusión ver a
The Skatalites, pero como sé que son una institución y no hay una actuación alternativa, a las nueve de la noche estoy en el Escenario Verde. Ahora bien, me ocurrió como siempre: al principio, tal era la calidad de la propuesta, y como interpretaban algunos de los mayores éxitos de la música jamaicana, fue muy divertido y ameno, pero al cabo de una hora empezó a pesarme tanta estructura repetitiva. Y es que para disfrutar del ska-reggae y derivados, hay que aceptar determinados supuestos, y uno de ellos es que el ritmo sea prácticamente invariable (sólo espero que el teclista no se haya pasado años estudiando, porque lo que hizo en el Jazzaldia es cualquier cosa menos creativo), y que la sucesión de solos de los metales sea enormemente previsible (orden y duración). Las estructuras de los temas también son prácticamente invariables, pero claro, eso no es un impedimiento para que sea una gran música cuando, como fue el caso, las interpretaciones son tan convincentes y los temas clásicos inmortales. El público disfrutó mucho porque
The Skatalites supo conectar muy bien desde el mismo comienzo (con la música, porque apenas si hablaron), así que la playa bailó durante los más de 60 minutos de actuación.
Ahora bien, me preguntó por qué, cuando uno va a ver este tipo de conciertos, tiene que soportar el olor a marihuana: ¿es que no hay aficionados al estilo que no se droguen? Porque generalmente es así, no se puede escuchar esa música en directo sin llegar a casa apestando y tras haber tragado más humo del deseable. Me niego a aceptar la explicación de que forma parte de la cultura musical, porque liarse un porro no tiene nada de musical, aunque haya sido (y siga siéndolo), el combustible principal de los músicos que lo tocan. Hubo momentos lamentables en ese sentido, con el público más pendiente de pedir fuego y papel que de escuchar la música. Eso sí, no sé si fue por el aire que se respiraba, o porque ya estaba bajo los efectos de más de un porro pasivo, pero llegué a ver conexiones entre la música interpretada por
The Skatalites con el son cubano, la copla y el bolero, con un ritmo más rápido. Aún así, fue un gran concierto, para el que lo disfrutara, claro…
Ver biografía de The Skatalites.
22:45 Espacio Frigo: Popa Chubby. 3.800 espectadores.

Ya recuperado del delirio ska, me sumerjo en el virtuosismo del bluesman
Popa Chubby, apodado el “Rey del Blues de Nueva York”: supimos el porqué. Con un físico imponente y un aspecto amenazador, más propio de una estrella del heavy metal, desde el primer tema dejó impresionado al público, a juzgar por los rostros de asombro de los que no le conocían y por las entusiastas reacciones (bailes compulsivos incluidos) de los que ya sabían qué les esperaba.
Popa Chubby ofreció una buena dosis de blues, rock y R&B con una tremenda energía, de modo que durante la actuación se fue acercando cada vez más público al escenario Frigo. No sólo es virtuoso, sino que daba la sensación de estar transmitiendo toda su fuerza física a la guitarra, como si en vez de levantar pesas, tocara la guitarra, aunque, eso sí, con mucha técnica. Esto, sumado al alto volumen de los altavoces (el propio
Chubby pidió que lo subieran nada más comenzar el concierto) hizo que todo el recinto se impregnara del sonido de su guitarra. Tocó
Devils guitar y
Somebody let the devil out, quizá en alusión a su declaración de que no le importaría vender su alma al diablo con tal de ser el mejor guitarrista del siglo. Agotó la hora y media de concierto (tuvo que llamarle la atención la organización para que pudiera comenzar
Gotan Project) y dejó a la mayoría de los asistentes con ganas de más.
Ver biografía de Popa Chubby.
00:15 h. Escenario Verde: Gotan Project. 9.000 espectadores.

El trío
Gotan Project era la gran atracción de la primera jornada, la propuesta de mayor éxito y la que más público podía atraer. Por eso fue el concierto más visto, con unos 9.000 espectadores (según la organización). Ahora bien, artísticamente no era el que yo más esperaba, porque, a tenor de lo visto en
La revancha del tango live, el DVD que el grupo editó en el 2005, lo suyo es más un espectáculo que un evento musicalmente memorable. La puesta en escena, de hecho, reforzaba esa idea, porque los diez músicos que salieron al escenario (cinco hombres y cinco mujeres: dudo mucho que sea una coincidencia) con un elegante traje blanco (ellos) y un llamativo vestido blanco (ellas), iban a juego con el resto de elementos escénicos, todos blancos (incluyendo el piano, cubierto por una tela blanca). Además, no faltó la característica pantalla con los videos que acompañan todas las actuaciones de
Gotan Project, y que muestra una iconografía relacionada, en su mayoría, con el tango (pero a base de tópicos y curiosidades). Eso sí, ofrece un buen espectáculo, no sólo por la imagen sino por la presencia de instrumentistas en una propuesta de cariz electrónico, y ahí es donde se nota el presupuesto del que disponen: a los tres miembros del grupo se suma
Geraldo Jerez Lecam al piano,
Víctor Villena al bandoneón, la vocalista
Verónica Silva,
Aude Brasseur al violonchelo y una sección de cuerda que se completa con tres violinistas.
Ahora bien, la actuación de
Gotan Project no funcionó todo lo bien que hubiera sido deseable por el sonido de los beats, es decir, de la parte programada que se lanzaba desde los ordenadores y el plato. La fusión de electrónica programada y música en vivo, que es el gran reto de los directos de propuestas con electrónica, fue un tanto caótica, especialmente en los primeros temas, que tenían unos beats con mucha reverberación, algo que no sonó nada bien en los altavoces del escenario verde. Los temas con unos beats más precisos o, directamente, los pasajes enteramentes acústicos fueron los más convincentes. Por otra parte, el repertorio estaba compuesto sobre todo por temas del segundo disco,
Lunático, que son menos atractivos que los del primero,
La revancha del tango, así que su poder de seducción, si encima hay problemas de sonido, es bastante menor. De todas formas, piezas como
El norte o
Mi confesión (con los raperos sonando enlatados pero con su imagen en la pantalla) sí convencieron, y temas inmortales como
Vuelvo al Sur,
Santa María,
Tríptico,
Una música brutal o
Queremos paz fueron tan efectivos como siempre. Pese a todo, el públicó pareció encantado con la muy medida atuación del grupo (nada de improvisación), e incluso después del bis siguió pidiendo más durante varios minutos (pero fue en vano, ya estaban los músicos dirigiéndose a los camerinos).
Ver biografía Gotan Project.
Escrito y publicado por
Santiago Tadeo Cervera.
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