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Cuentos de música
Crítica de la recopilación de cuentos




Varios.
CUENTOS DE MÚSICA.
Clan Editorial.
Edición: 2004.
Género: Cuento.
Gustará a…: los que quieran leer música.

Cuentos de música es una publicación de la colección “Cuentos de autores españoles”, de Clan Editorial, en la que Pedro Ignacio López García ha recopilado una serie de textos con la música, o los instrumentos, como elemento central. Son cuentos o artículos de carácter periodístico escritos por autores tan notables de la literatura española como Pedro Antonio de Alarcón, Gustavo Adolfo Bécker, Leopoldo Alas Clarín o Pío Baroja, pero también de escritores poco recordados o, directamente, olvidados, como Juan B. Enseñat, Miguel Ramos Carrión, Juan Pérez Zúñiga o Emiliano Ramírez Ángel. La recopilación, ordenada cronológicamente, abarca un periodo que comienza en 1854 y termina en 1931. El responsable de la selección es también el autor del comentario final, en el que presenta y crítica los diversos relatos. Al lector interesado lo remito a este artículo de Pedro Ignacio López García, pues los comenta de un modo mucho más culto, documentado e inteligente de lo que puedo hacerlo yo en este punto de mi vida. De todas formas, lo que sigue es mi crítica de la publicación, que, por lo menos, me permitirá llevar a cabo la pirueta de comentar también el comentario final de López García.

Cuentos de música se abre con una de las Historietas Nacionales de Pedro Antonio de Alarcón, “La corneta de llaves”, un entretenido relato, aparéntemente anecdótico al inicio, que propone una continua escalada dramática que culmina en un sorprente e intenso final. Originalmente de intención moralista y, quizá, como alude el nombre de la serie a la que pertenece, patriótica, trasciende estos valores para erigirse en un relato que, más allá de su interés como peripecia tragicómica, traza una de las principales funciones de la música en la literatura: la música como salvación. En este caso, ofrece la mayor salvación a la que el hombre puede arpirar a través del arte: salvar su propia vida. No es una salvación intectual, sino literal: el protagonista es un soldado que lucha en una de las Guerras Carlistas y que, segundos antes de ser fusilado, es rescatado por un amigo del bando enemigo con el pretexto de que es músico (debido a la alarmante escasez de músicos, a estos se les perdonaba la vida para que se incorporaran a las bandas militares). El soldado no es músico pero, movido por el imperioso instinto de supervivencia, aprenderá a tocar la corneta en pocos días, llegando a ser un virtuoso en lo sucesivo. Por supuesto, se trata de un caso extremo, pero es un buen ejemplo de cómo la música podía ejercer ―y lo sigue haciendo― una función redentora, de cómo podía ofrecer un mejor futuro a personas condenadas (no necesariamente por un pelotón de fusilamiento, sino por otras cuestiones más comunes como la pobreza, la marginación…). Finalmente, el relato dibuja el mito del músico obligado a perfeccionar la interpretación de un instrumento por una causa mayor. Aquí le va la vida en ello, pero puede englobarse en la categoría de los artistas que necesitan alcanzar el virtuosismo interpretativo y, en menor medida, compositivo, para impresionar a alguien a quien se quiere conquistar, para ganarse el perdón divino, para ser aceptados en una determinada agrupación ―o en la sociedad, para la supervivencia económica…

El siguiente texto es una de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécker, “El miserere”, que, junto a “Maese Pérez el organista”, es una de las dos dedicadas a la música, además de ser de las más importantes del escritor. El relato destaca por la brillante prosa, por la verosimilitud que logra con los diálogos, pero sobre todo por su deslumbrante descripción de una música que imaginamos sobrecogedora, terrorífica. La leyenda presenta a un compositor alemán que, tras haber alcanzado el éxito en su país gracias a sus composiciones, comete un crimen al abusar del poder de seducción de su música. Este artista, al llegar a su vejez, busca el perdón divino tratando de componer un miserere tan conmovedor, “tan desgarrador”, que llevará al Señor a tener misericordia de él. Aquí tenemos, por supuesto, uno de los principales mitos de artista en lo que respecta a la música, esto es, la búsqueda de la gloria divina, del perdón, a través de la composición o la interpretación, el intento de llegar hasta el cielo, hasta los dioses, gracias a la música. Crear, en definitiva, una música tan maravillosa, tan virtuosa, que será oída por Dios y silenciará los pecados. Nótese que, de nuevo, como en “Maese Pérez el organista”, la creación musical está íntimamente ligada a la religión, en un caso asociada a lo divino, en el segundo a lo demoniaco. No obstante, ambas leyendas coinciden en la inmortalidad de la música, pues trasciende incluso a la muerte del intérprete, quedando ligada a un instrumento, el órgano, o a un lugar, el monasterio. En la que nos ocupa, además, al tratarse de una composición, es la partitura la que se conserva la música, la que permanece indestructible, ajena al paso del tiempo, aunque puede hablarse de una lenguaje musical muerto puesto que la notación y los términos utilizados no serán descifrados por los demás músicos. En esta leyenda, sin embargo, se observan otros dos elementos recurrentes en la literatura a la hora de dibujar personajes músicos. El genio, el artista de talento, o bien se convierte en un dechado de virtud, en una persona ejemplar, que alcanza la dicha en vida sin tener que esperar al que será su único destino posible, el cielo, o bien cae en el lado tenebroso, en el pecado. O se acerca a Dios o al demonio, o se gana el favor de los dioses o pacta con el tentador Mefistófeles. En el caso del compositor alemán, sucumbe al pecado, y el mismo don que le lleva al crimen es aquel con el que buscará su salvación. Parece que los personajes músicos no tienen como opción el término medio. Finalmente, este es un claro ejemplo de artista que sucumbe a causa de su proprio arte, prácticamente asesinado por su proprio arte, que incluso deja una obra inconclusa porque le sorprende la muerte en plena realización, y lo hace justamente debido a su realización. El compositor alemán muere mientras escribe el miserere con el que espera obtener la misericordia divina, de modo que, lógicamente, no lo consigue y muere en pecado, condenado, exactamente igual que los fantasmas de los monjes a los que ha escuchado cantar el miserere que trata de transcribir. Tanto la literatura (véase “El caballero Gluck”, de E.T.A. Hoffman) como el cine (véase Amadeus, de Milos Forman), están llenos de ejemplos de músicos que mueren por la entrega incondicional a su arte.

A continuación está incluido un texto de Juan B. Enseñat, “Una serenata”, estimable pero poco profunda imaginación provocada por el sonido de una bandurría, y “El violín”, un ensayo de José Ortega Munilla acerca de las características del instrumento. Este último texto figura en Cuentos de música como preludio del siguiente, “Las dos cajas”, de Leopoldo Alas Clarín, el mejor cuento de los once. Sin duda, es un acierto de Pedro Ignacio López García, pues él mismo señala que Clarín, evidentemente, se inspiró en una de las anéctodas relatadas en “El violín” para componer su cuento. Se trata de un triste relato de un genial violinista, un talento precoz, entregado a su arte, a la infructuosa búsqueda del arte verdadero, de una interpretación del violín natural, que carezca de artificios. Este insobornable intento de alcanzar una “música sencilla, natural”, le lleva a sufrir negativos comentarios por parte de los críticos, el desdén de sus compañeros de profesión y la incomprensión de su familia. Tras el prometedor comienzo de su carrera, su trayectoria experimenta una continua decadencia, un descenso a los infiernos que le oglibará a tocar, por una miseria, en un café al que únicamente acude “gente del campo” que no sabe apreciar su arte. El violonista está dispuesto a soportar esta humillación, incluso acepta tener que rebajarse a las exigencias de un público inculto, a tocar por tres duros y una cena, puesto que lo hace por su familia, por su mujer y su pequeño hijo. No obstante, la mínima traición de su mujer y la muerte de su hijo acaban con sus últimas esperanza, con el único motivo que le mantenía en contacto con la vida, con lo que le motivaba para seguir tocando. Al final del relato, el violonista está completamente solo y sin perspectiva alguna, pues entierra su violín junto al diminuto ataúd de su hijo (he ahí las dos cajas a las que alude el título). Esta terribla historia se ajusta a uno de los mitos de artista predominantes en la literatura: el artista que, entregado a su arte, a la búsqueda del arte supremo, de la verdad, sufre la incomprensión, el rechazo y los ataques de sus contemporáneos. El único final posible es la miseria, frecuentemente la muerte, la inanición, su sufrimiento y el de los que le rodean. Huelga decir que de esta concepción surge la imagen tan extendida del artista que vive en la miseria, del bohemio pobre, del condenado. El artista no reconocido, repudiado por la sociedad, únicamente aceptado como atracción de circo, como mero animador.

Quizá como antídoto a la desazón y profunda tristeza provocada por el texto de Clarín, tras este figuran dos simpáticos relatos, el primero, “Rigoletto”, entretenidísimo, el segundo, “La musicófoba”, divertido hasta la carcajada. Ya recuperados, proseguimos la lectura con sendos textos dedicados a instrumentos: “Elogio sentimental del acordeón”, poético artículo de Pío Baroja, y “La guitarra”, enfático y retórico ensayo de Federico García Sanchíz. Cuentos de música incluye también una ambiciosa obra de Emiliano Ramírez Ángel, “Lo que dice la orquesta”, un repaso a diversos instrumentos que destaca por la acertada descripción de su papel en la orquesta y su lugar en la sociedad, por su carácter poético y por un humor blanco un tanto ingenuo y envejecido que, sin embargo, sigue funcionando. Lo más interesante es el apartado dedicado al “terrible señor aficionado”, el único que podemos trasladar a la época actual sin tener que cambiar nada. Finalmente, la edición se completa con una preciosa y poética leyenda religiosa de Azorín, en la que da una bella explicación del nacimiento de la música popular gallega, “la más conmovedora de todas las músicas populares de España”. Como colofón de una obra literaria excelente, Pedro Ignacio López García ofrece un acertado y erudito comentario crítico de los nueve textos, los situa en su contexto literario y nos explica el porqué de su inclusión. Su artículo es tan interesante como cualquiera de los relatos, aunque, naturalmente, no tenga la misma entidad literaria.

En conclusión, tras difrutar con la lectura de Cuentos de música, es obvio que la opinión de que los escritores españoles han dado la espalda a la música es errónea, injusta, y aunque han mostrado mayor afinidad con otros artes, especialmente la pintura, los incluidos aquí son excelentes relatos sobre música. Esperemos que esta afirmación no sea únicamente válida para la producción literaria de finales del siglo XIX y principios del XX, sino que siga siéndolo en épocas contemporáneas.

Imprescindible.

Textos:
La corneta de llaves. Pedro Antonio de Alarcón.
El miserere. Gustavo Adolfo Bécker.
Una serenata. Juan B. Enseñat.
El violín. José Ortega Munilla.
Las dos cajas. Leopoldo Alas Clarín.
Rigoletto. Miguel Ramos Carrión.
La musicófoba. Juan Pérez Zúñiga.
Elogio sentimental del acordeón. Pío Baroja.
La guitarra. Federico García Sanchíz.
Lo que dice la orquesta. Emiliano Ramírez Ángel.
Música. Azorín.

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Publicado en: 2008-05-25 (559 Lecturas)

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