Madeleine Peyroux es una de las vocalistas más exitosas del tercer milenio y uno de los mayores prodigios vocales de los surgidos en los 90. Ha sido definida como una nueva
Billie Holiday, y lo cierto es que sus voces se parecen, que tienen un timbre similar e incluso un fraseo cercano, pero esa es una comparación que no le hace ningún bien a
Peyroux, en parte porque cada una tiene una personalidad muy bien definida, en parte porque comparar a una vocalista con una de las grandes intérpretes de la historia rara vez suele ser en beneficio de la que suscita la comparación. Además, creo que su voz es, sin duda, una preciosidad, una de las más destacadas de las descubiertas a finales del siglo pasado, que escucharla permite imaginar el impacto que tuvieron que causar muchas décadas antes artistas como
Bessie Smith,
Lee Wiley o
Maxine Sullivan, pero de momento no ha mostrado la misma capacidad de emocionar con su interpretación, de aunar sentimiento a su privilegiada voz. Ahora bien, he de reconocer que esta afirmación, aunque compartida por la mayor parte de críticos, y me refiero a los que saben mucho más que yo, puede ser un tanto injusta, y habría que matizarla. Es cierto que en algunas de sus versiones, especialmente de temas muy conocidos y que ya han sido interpretados por grandes cantantes, se echa de menos algo más de desgarro, que transmita los sentimientos que está cantando (en la mayor parte de los casos, el sentimiento amoroso), pero eso no es impedimiento para que en otras muchas piezas, sean composiciones propias o versiones, sí brille y convenza plenamente. Puede que esta manera de cantar tan desapasionada, como desencantada, sea un rasgo más de su inconfundible personalidad y, por tanto, que no debamos incidir constantemente en su falta de entrega sentimental. En cualquier caso, una de las grandes vocalistas contemporáneas.
Nacida en 1973, en Georgia, creció entre Brooklyn, California del Sur y París, y fue en esta última ciudad en al que empezó a cantar, uniéndose a varios grupos callejeros que solían actuar en el barrio latino. Posteriormente formó parte de la
Lost Wandering Blues & Jazz Band, con la que estuvo de gira por Europa durante varios años. De vuelta a Estados Unidos, debutó en 1996 con el sorprendente
Dreamland (Atlantic), un disco del que vendió más de 200.000 copias y que le aupó repentinamente a la fama. Pero entonces desapareció, y no se volvió a saber nada de ella hasta ocho años después, cuando en el 2004 editó su segundo trabajo,
Careless love (producido por
Larry Klein), esta vez en Rounder, con el que todavía obtuvo mayor éxito y le confirmó como una de las favoritas de la crítica. Ese mismo año también llegó a las tiendas
Got you on my mind, un dúo con
William Galison. Del 2006 data su tercer trabajo,
Half the perfect world, de nuevo con el productor
Larry Klein.
+ info: ver crítica de su discografía:
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Patti LaBelle y
Elisabeth Withers.
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